Transcipciones de 'La Venganza Será Terrible' | |
Reflexión: Céfalo y Procris |
Pues Eos convirtió a Céfalo en otro muchacho y le aconsejó que invitara a Procris a su cama, ofreciéndole, a cambio, una corona de oro. Muy bien, Céfalo ya transformado en otro señor así lo hizo, dijo: “Buenas tardes, mire –dice – para no andar perdiendo tiempo, si usted accede a revolcarse conmigo un rato yo le voy a regalar una corona de oro, etc.” y Procris agarró viaje. Céfalo horrorizado, imagínese, convertido en otro tipo ya se sentía un poco mal, calcule cuando la mujer le dijo “Sí, efectivamente, trae para acá la corona y...”. Muy bien, Céfalo, vuelto a su figura habitual de Céfalo, dejó de sentir remordimientos, entonces, se olvidó del juramento de fidelidad que había hecho, y mitad por despecho, mitad porque un poco le gustaba, correspondió a Eos, que, había ganado la partida.
Procris nunca supo que había engañado a su esposo con su esposo, pero sí supo que Céfalo había amado a Eos. Bueno, triste y sin poder soportar, ser el centro de la burla general porque todos en el barrio se habían enterado, Procris se fue de Atenas y se dirigió a Creta que es una isla chatita, al sur de Grecia, fuera de Grecia en realidad, en realidad fuera de Atenas. Las ciudades tenían en aquel entonces una autonomía tal que cuando pasabas a otra ciudad pasabas también a otro Estado. El caso es que Procris se fue de Atenas, se dirigió a Creta y allí se encontró nada menos que con el rey de Creta, el famoso Minos, nuestro amigo Minos, como bien sabemos Minos, el rey de Creta, estaba casado con Pasifae, famosa la mujer de Minos porque se había enamorado de un toro, pero ya hemos contado esa historia. Por esos tiempos Minos padecía un maleficio, que es célebre, las muchas infidelidades de Minos había enfurecido tanto a su esposa Pasifae que le había lanzado ella la siguiente maldición, el siguiente hechizo en realidad: cada vez que se acostaba con otra mujer, en el mejor momento, le salían del cuerpo una multitud de serpientes venenosas, escorpiones y arañas, lo cual, provocaba el estupor primero y la huida después de su compañera de lecho, además se estaba corriendo la bolilla y ya nadie quería ir a la cama con Minos. Aunque padecía este hechizo a Minos no le costó mucho seducir a Procris, la sobornó con un perro que él tenía, era un perro que nunca perdía una pieza y también añadió, para hacer una oferta más atrayente, un dardo, que siempre daba en el blanco. Estas dos cosas, el perro que no perdía pieza y el dardo que siempre daba en el blanco se las había regalado la diosa Ártemis a Minos. Como Procris era muy aficionada a la caza aceptó alegremente aquellos regalos y también el amor de Minos, sin embargo antes de unírsele, insistió al rey para que tomara una infusión de raíces mágicas que preparaba la maga Circe para evitar la presencia de insectos y reptiles en el momento cúlmine. La bebida tuvo los efectos deseados, pero Procris temía que la esposa de Minos, Pasifae, pudiera embrujarla, así que regresó inmediatamente después del acto amoroso con Minos a Atenas, lo hizo disfrazada porque no quería que nadie en Atenas la reconociera, a Minos no lo volvió a ver jamás, fue aquella noche, se llevó el perro, se llevó el dardo, pero al tipo no lo vio más.
Céfalo, que se había quedado en Atenas, vio llegar a una dama a la que no reconoció como su esposa –en aquellos tiempos la gente no se reconocía tanto como ahora – y él, que también era un apasionado por la caza, quedó encantado con el perro y con el dardo que llevaba aquella viajera. Según Graves el perro se llamaba Lelaps, Graves es prolijo y da el nombre de ese perro que en generalmente no se menciona: Lelaps. Muy bien, maravillado, Céfalo, ofreció comprarle el perro y el dardo por una buena cantidad de plata, pero Procris no quiso desprenderse de aquellos bienes a no ser por amor, dijo “mire, no se los voy a vender por plata, pero sí por amor” y cuando él accedió a llevarla a su lecho ella, llorando, se le reveló como su esposa, le dijo “mïseraable, soy tu esposa” Bueno, blanqueados los mutuos engaños hubo reconciliación. Céfalo disfrutó de su esposa y después del perro y del dado, como era un hombre muy cazador... así que andaba todos los días tirando dardos, acertando animales y el perro iba y así, pero la diosa Ártemis que era la que le había regalado el perro y el dardo a Minos, se enojó, porque dijo “¿qué es esto? ¿Qué, anda mi regalo de mano en mano como la falsa moneda?- dijo –“ se ofendió y planeó una venganza. Así que la diosa metió en la cabeza de Procris la sospecha de que cuando Céfalo se levantaba dos horas después de la medianoche, diciendo que iba de caza, en realidad, iba a visitar a Eos, su antigua amante. Una noche, Procris, vestida con una túnica oscura siguió a su esposo, el marido se levantó “viá cazar –dice –“ y se las tomó con el perro y con el dardo y atrás, la mina, escondida. El tipo estaba ahí lo más tranquilo y por ahí escuchó un susurro en la espesura, a sus espaldas, el perro Lelaps gruñó y se puso en guardia, entonces Céfalo disparó el dardo infalible y atravesó a su esposa Procris que cayó muerta. A su debido tiempo el areópago sentenció a Céfalo al destierro perpetuo por asesino. Céfalo huyó a Tebas, donde tuvo lugar un asunto famoso: el rey de Tebas, Anfitrión, le pidió prestado al perro que no perdía presa, a Lelaps, para dar caza a la zorra de Teumesia, que era una zorra que no podía ser cazada. Así que, imagínese, cuando se cruzaron el perro que no perdía presa y la zorra que no podía ser cazada los cimientos lógicos del mundo se resquebrajaron y entonces Zeus, para evitar el estallido convirtió en piedra, tanto a Lelaps como a la zorra y declaró un empate.
Céfalo nunca perdonó a Minos por haber seducido a Procris y por haberle regalado el dardo fatal, pero tampoco podía eludir su propia responsabilidad, después de todo, él había sido el primero en romper su promesa. Consideró que el romance de Procris con él mismo, metamorfoseado, no podía considerarse una infidelidad. Aunque purificado de su culpa, mucho tiempo más tarde, Céfalo fue perseguido por el alma de Procris, abrumado, entonces, Céfalo fue hasta el Cabo Léucade, donde construyó un templo a Apolo, de la roca blanca y después se tiró al mar desde el acantilado.
Ésta es la maravillosa historia de Céfalo, donde hay cosas que, evidentemente, no podían dejar de gustarme: el engaño con uno mismo, la mujer engaña a Céfalo con él mismo, el hechizo de Minos, que en el momento cúlmine del amor expele alimañas, el dardo que siempre da en el blanco y el perro que no pierde presa, y después el cruce entre le perro que nunca pierde presa y finalmente la amarga aparición de la culpa, de una culpa un poco lunar como siempre son las culpas griegas, porque el verdadero culpable es quizá otro, los hombres no son más que instrumentos de los dioses, de las parcas, del destino.
Así que es una historia de impresionante contenido filosófico y poético, a mí me ha gustado muchísimo y me gustaría que ustedes la hayan disfrutado... me gustaría saber que ustedes la han disfrutado.

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